La madera pide maña
Es madera de verdad, no acetato imitando veta. Respira, se mueve con el clima, y es más frágil de lo que parece. Con un mínimo de cuidado, dura mucho más que un par común.
- Fondo de bolso, no
- A la madera no le gusta el fondo del bolso. Guárdelas siempre en la funda — y, si la tiene, en el estuche rígido.
- Calor
- Un coche cerrado al sol es el peor lugar del mundo para una montura de madera: el salpicadero pasa fácil de los 60 °C y el calor abre el acabado, destiñe el color y alabea la pieza. La playa, la sauna y el borde de la cocina tampoco.
- Agua
- Salpicadura y lluvia no matan. Zambullida, sí. Nunca las deje en remojo y nunca las lave con agua caliente — si se mojan, séquelas con la gamuza y déjelas terminar a la sombra.
- Apriete y peso
- La varilla es madera, no muelle de metal: no abre más allá del punto, no se tuerce y no vuelve sola. Nada de peso encima, nada de sentarse encima, nada de colgarlas del cuello o de la cabeza — así es como se dobla una montura.
- Limpieza
- Gamuza seca resuelve casi todo. Suciedad más terca: un hilo de jabón neutro en agua tibia, paño suave en el sentido de la veta, y secar enseguida. Nada de alcohol, acetona ni producto de limpieza.
- De vez en cuando
- Cada tres o seis meses, una gota de aceite propio para madera en un paño suave devuelve el brillo y protege el acabado. Poco: el exceso empapa.
- Y lo más importante
- Úselo sin miedo. Un LongHill no fue hecho para ser guardado — fue hecho para ser vivido. La marca del uso no estropea la pieza: es ella terminando de quedar lista.